Yo me confieso directamente con Dios

Por Juan Manuel Méndez


Es cierto que hoy en día vivimos en una sociedad rodeada de diversas ideologías respecto al sacramento de la confesión y esto se debe a que muchas veces en las familias modernas – desde niños – no se fomenta la cercanía a Dios, puesto que se busca a Dios en las cosas materiales, palpables y superficiales. En ocasiones, ante todos los placeres que nos ofrece el mundo, decidimos darle un no a Cristo, para encerrarnos en aquella prisión de complacencias que nos ofrece el demonio; y esto como consecuencia, trae una serie de complicaciones. La falta de Dios en muchas familias actuales y nuestro constante alejamiento de Él, nos lleva a vivir en la indiferencia ante el sentimiento de culpa y a la irresponsabilidad de nuestros actos dañinos, que lesionan no solamente nuestra alma, sino que rompen esa relación de amor con Jesucristo y con su Iglesia.

No obstante, como seres humanos solemos buscar, ante todo, aquellas acciones que se nos antojan en nuestras vidas – según nuestros intereses – y no las que deben ser o convienen, aquellas que nos orientan hacia la verdad. Además, debido a la soberbia, acostumbramos esconder lo que parece vergonzoso en nuestra vida y no nos atrevemos a comunicarlo al sacerdote, ignorando que no es al sacerdote a quien le confesamos nuestras faltas, sino a Dios mismo, a quien le “revelamos” lo que Él ya conoce. Por medio del sacramento de la confesión, no sólo restituimos nuestra relación con Dios, sino que también nos reconciliamos con su Iglesia, y eso, nos otorga la dicha de poderlo recibir en la Sagrada Comunión.

Por otro lado, regularmente nos encontramos con el comentario: “¿por qué tendría que confesarme con un sacerdote si es un pecador, igual que yo?”. El es un ser humano como cualquier otro, con todas sus debilidades, iguales o mayores que las de los demás, es cierto, pero resulta que él tiene un poder especial que le otorga Dios para perdonar los pecados de todos los hombres y mujeres que se acerquen al Sacramento de la Confesión.

Lo mencionado con antelación nos resulta siempre muy extraño, pero ¿por qué pasa esto? A manera de ejemplo, concentremos nuestra atención en el funcionamiento de las autoridades de un país, de una ciudad, de un municipio. ¿No tiene poder un policía para llevarnos presos o imponernos una multa? Es un hombre como cualquier otro, pero tiene la potestad hasta de privarnos de nuestra libertad.

De igual manera, el sacerdote es un ser humano como cualquier otro. Pero a él Dios le dio el poder de perdonar nuestros pecados: “A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados y a quienes no se los perdonen les quedarán sin perdonar” (Jn. 20, 19-23). A su vez, este pasaje nos hace una exacta referencia a que el perdón de nuestros pecados no es algo que podemos obtener por méritos propios, es decir, no podemos afirmar que nosotros nos perdonamos personalmente nuestros pecados. El perdón siempre se pide a otro, por medio del sacramento de la Reconciliación le pedimos perdón a Jesús. Por otro lado, tenemos que entender que el perdón no es fruto de nuestra vida o nuestras buenas obras, sino que este es el regalo que nos da Dios, es un don del Espíritu Santo que nos colma de la misericordia de Cristo que murió y resucitó por nosotros para el perdón de nuestros pecados.

Recordemos pues, que en la antigüedad la celebración de la confesión se llevaba a cabo de manera pública. No obstante, esta costumbre ha evolucionado hasta el rito como lo conocemos hoy en día, la confesión ha pasado de esa forma pública a la forma personal (auricular y secreta). Es importante recalcar que el Espíritu Santo es quien renueva nuestros corazones en el amor de Dios y hace de todos nosotros una sola cosa, en Cristo Jesús. Es por esto que no basta con pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar con humildad, arrepentimiento y confianza nuestros pecados al ministro de la Iglesia.

En la confesión el sacerdote no representa únicamente a Dios, sino a toda la comunidad cristiana – Iglesia –, pues recordemos que nuestros pecados no solamente ofenden a Dios. Algunos de ellos son contra nuestros hermanos, contra la Iglesia de Cristo y debido a esto es que es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos en la persona del sacerdote, aun cuando nos de vergüenza. El Papa Francisco ha asegurado que “la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque nos hace más humildes”.

El sacerdote siempre recibe con amor y con ternura nuestra confesión y en el nombre de Dios nos perdona. Pero también, el sacerdote nos alienta y nos acompaña en ese camino de conversión que nos ayuda a madurar de manera cristiana y humana. Recordemos que solo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con Dios Padre y con los hermanos, podremos estar verdaderamente en paz. Pidamos la gracia al Señor de recordar todas esas veces que nos ha hecho escuchar su llamado para acercarnos al sacramento de la confesión y para recordar aquel sentimiento liberador que nos llena al concedernos su perdón a través del sacerdote.


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